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La noche que Galileo cambió el mundo

La noche que Galileo cambió el mundo
Ocurrió hace 400 años, cuando el célebre sabio logró observar los satélites de Júpiter con un rudimentario telescopio. El acontecimiento acompañó el inicio de la ciencia moderna.

Por Guillermo Goldes

 

Atardecía en el Véneto, Italia, el día 30 de noviembre de 1609. En su casa de Padua, Galileo Galilei se preparaba para escudriñar, por primera vez, el cielo nocturno con su catalejo. Ya lo había probado a la luz del día durante meses, comprobando que permitía ver objetos distantes, por ejemplo, el campanario de una iglesia lejana, como si se encontraran mucho más cerca.

Había tenido oportunidad de mejorarlo, dotándolo de más aumento, y había realizado algunas demostraciones públicas con él, como en Venecia en agosto de ese mismo año. En realidad, Galileo no había inventado ese instrumento, sino que había oído rumores acerca de un óptico llamado Lippershey, que en Amsterdam había combinado dos lentes y logrado “acercar” las imágenes.

Pero Galileo, un hombre dedicado a la investigación, comprendió rápidamente que un invento como ése podía llegar a ser una herramienta muy valiosa para el estudio del mundo. Y en particular, había llegado el momento de mirar hacia el cielo, algo que fascinaba a Galileo y donde intuía que había aún mucho por descubrir. Y es que en el cielo todo se hallaba muy lejos, por lo que poder aumentar las imágenes podía ser de gran provecho. Y así fue.

Lo primero que el sabio decidió observar fue la Luna, que esa noche estaba en fase creciente. Un vez que los últimos resplandores del Sol se apagaron por el oeste, salió a su terraza y apuntó su catalejo, apoyándose en una pared, para mayor firmeza. Su sorpresa fue grande, pues pudo distinguir sombras y detalles en la superficie de la Luna que mostraban un relieve con planicies, depresiones y montañas, cuya altura calculó. La Luna tenía pues un relieve más o menos similar al de la Tierra, y él había sido el primer hombre en notarlo, gracias a su pequeño catalejo, un tubo de apenas 40 centímetros de longitud.

Era algo sencillamente asombroso, pues mostraba que la Luna era un lugar como cualquier otro, con “imperfecciones”, y no una esfera lisa e inmaculada como había afirmado Aristóteles dos mil años antes.

Muchos otros descubrimientos realizó Galileo durante los meses siguientes con ayuda de su catalejo: observó el planeta Venus y vio que tenía fases parecidas a las de la Luna. Eso corroboraba la teoría heliocéntrica de Copérnico, que por ese entonces no tenía aún demasiados adherentes. Galileo se transformó en uno de sus mayores defensores.

Otros mundos. La noche del 7 de enero de 1610 informó haber descubierto tres estrellas no visibles a simple vista, en las cercanías del planeta Júpiter. En noches sucesivas observó que se movían, sin alejarse demasiado de Júpiter. El 13 de enero descubrió una cuarta. Las bautizó como estrellas Mediceas, en honor a sus mecenas. Muy pronto llegó a la conclusión de que no se trataba de estrellas, sino de satélites que orbitaban el planeta Júpiter. Hoy esos cuatro satélites son conocidos como satélites Galileanos, en honor a su ilustre descubridor.

También fue capaz de estudiar las manchas solares: zonas más oscuras de la superficie del astro rey. El Sol, entonces, tampoco era una bola lisa y perfecta.

Saturno es el más lejano de los cinco planetas visibles a simple vista, conocidos desde la antigüedad. Galileo lo observó en julio de 1610, y descubrió que ese punto brillante y amarillento tampoco tenía la sencilla y elegante forma de una esfera: lo describió como si tuviera una estructura triple, con dos lóbulos o asas a los costados. Estaba viendo lo que hoy conocemos como los anillos de Saturno, aunque no pudo darles esa interpretación en aquel entonces.

Pero ciertamente las observaciones realizadas por Galileo a través de sus catalejos no fueron aceptadas sin resistencia, sino todo lo contrario. Y es que de ser correctas, todo el andamiaje que sostenía el saber sobre el cosmos se desmoronaba: los cielos no serían perfectos, habría cuerpos que no girarían alrededor de la Tierra, habría muchos más cuerpos en el cielo que aquellos que se podían ver a simple vista. Una revolución de ese calibre no podía ocurrir sin grandes controversias.

La mayoría de las personas ilustradas de la época pensaba que lo que se veía a través del catalejo no era “real”, sino una creación de ese artefacto, que podía ser muy interesante, casi como una curiosidad de feria, pero no debía tomarse como una herramienta seria de investigación. La historia mostró que se equivocaban gravemente.

Pasados cuatro siglos desde aquellas jornadas que hoy nos parecen épicas, muchos historiadores consideran que las observaciones de Galileo constituyeron el verdadero inicio de la ciencia moderna. Lo que es indiscutible es que marcaron el debut del telescopio como herramienta privilegiada de la Astronomía. A lo largo de estos 400 años, los telescopios, vistos ya como herramientas confiables, no han cesado de perfeccionarse.

Los grandes telescopios contemporáneos son maravillas de la tecnología, y con ellos los científicos continúan descubriendo nuevos universos para nosotros. Quizás por eso, en 2009 rendiremos homenaje a quien tuvo la visión de que un modesto tubo con dos lentes en sus extremos podría cambiar nuestra forma de ver el mundo. Todo comenzó, pues, aquella noche de otoño de 1609.